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Hipocresía imperialista sobre Libia

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Las potencias IMPERIALISTAS se vieron atrapadas apoyando al “bando equivocado” en las revoluciones de Túnez y Egipto, señala Richard Brenner. Sólo cuando se hizo evidente que Mubarak caería, cambiaron completamente y empezaron a posar como apóstoles de la democracia.

A continuación Libia se alzó en una revuelta contra un dictador quien, a pesar de todos sus enfrentamientos pasados con ellos, era hasta entonces un guardián perfectamente adecuado de sus intereses.

Cuando Bengasi cayó del lado de la revolución, las potencias occidentales tuvieron que intervenir para preservar las concesiones que Gadafi les había otorgado, así como para renovar sus credenciales democráticas en el Mundo Árabe. Pero incluso entonces, todavía instaban a Gadafi a introducir reformas y negociar con los rebeldes.

Incluso después de que comenzaran los ataques aéreos sobre las columnas de blindados que amenazaban con masacrar Bengasi se negaron a proporcionar armas a los rebeldes, con la esperanza de un acuerdo para poner a elementos "responsables" del antiguo régimen a cargo de la situación.

Sólo después de la batalla de Misurata, cuando se hizo evidente que no había ninguna oferta de compromiso por ninguna de las partes, enviaron fuerzas especiales encubiertas para ayudar a los rebeldes del Consejo Nacional de Transición (CNT) a alcanzar la victoria. Ahora quieren crear un régimen dócil pro-imperialista en Trípoli.

Como los nuevos regímenes de Egipto y Túnez, este régimen intentará estafar las esperanzas de democracia y justicia social de los manifestantes de Bengasi, Misurata y Trípoli y de los jóvenes combatientes de los ejércitos rebeldes, y desarmarles.

Los expertos exigen que se aprenda de "las lecciones de Irak"; que la policía, el ejército, las milicias, el poder judicial y la administración pública de Gadafi sean ligeramente purgados pero que continúen en servicio. Lo que no se atreven a decir tan abiertamente es que los combatientes civiles deben ser desarmados.

El triunfo de las fuerzas rebeldes -gracias en gran medida a la ayuda militar imperialista y bajo un liderazgo cobardemente proimperialista- ha sumido a la Izquierda en la confusión. Algunos grandes nombres de la izquierda populista han sido siempre pro-Gadafi, como Hugo Chávez de Venezuela o Jacob Zuma del Congreso Nacional Africano de Sudáfrica.  Podemos añadir a los viejos partidos comunistas estalinistas y maoístas, así como a los restos de la tradición de Gerry Healy, que nunca se sacudió plenamente la fijación visceral de su maestro por la "Yamahiriya –República Popular- Socialista Libia".

Estos adoradores de regímenes totalitarios –siempre y cuando se encuentren en las listas negras de Estados Unidos y la Unión Europea– distinguen entre revoluciones "buenas" o "genuinas" y "falsas" o “revoluciones de la CIA". Las primeras se dirigen contra tiranos pro estadounidenses como Mubarak o Ben Ali, mientras que las segundas son contra los tiranos "antiimperialistas" como Assad, Ahmadineyad o Mugabe. Estas últimas luchas por la democracia, dicen, "están en manos del imperialismo".

Como si la lucha fundamental de los obreros y los pobres contra los dictadores debiera ser simplemente sacrificada para apuntalar a estos carniceros, que son ellos mismos totalmente capitalistas. Un único gobierno de los obreros y campesinos en Siria, Irán o Zimbabue sería un millón de veces más una amenaza para las multinacionales de América y Europa que cualquier número de los así llamados regímenes burgueses antiimperialistas.

¿Neutralidad?
El éxito indudable de la OTAN de llevar a los líderes rebeldes a sus propósitos no invalida la lucha del pueblo libio para derrocar a Gadafi. Pero parece haber confundido al Partido Socialista de los Trabajadores (SWP).

Al principio el SWP acertadamente apoyó la revolución Libia, mientras que al mismo tiempo condenaba correctamente los bombardeos de la OTAN. Pero como la guerra civil se prolongó y el carácter pro-imperialistas de CNT se hizo más evidente, el SWP decidió abandonar a los rebeldes y pasar a una línea más neutral.

En su periódico Socialist Worker, Judith Orr argumentó el 27 de agosto que "la naturaleza de la lucha en Libia es ahora fundamentalmente diferente de las revoluciones en Túnez y Egipto que la inspiraron originalmente. Se transformó una vez que las fuerzas occidentales decidieron apropiársela. […] Ésta ya no era una rebelión que pondría en tela de juicio el poder y riqueza occidental."

La tibieza del SWP les deja esquivando el tema que debería ser enfrentado directamente por los revolucionarios. El hecho de que sus dirigentes apoyen a la OTAN no significa que no pueda haber ninguna oposición a esto dentro de la tropa y oficialidad de la revolución. De hecho, al mismo tiempo que vamos a prensa, los rebeldes en Misurata están en lucha contra el CNT por nombrar a un matón de Gadafi como su jefe de seguridad.

En revoluciones democráticas contra dictadores como en Libia, la tarea no es declarar que las masas ya han perdido o equipararlas con sus dirigentes reaccionarios, sino trabajar para que la clase obrera se situé a la cabeza de la lucha para crear un liderazgo que pueda luchar contra el control del CNT y la OTAN, y así convertir la revolución democrática en una lucha por el poder de la clase obrera y el socialismo.

Esa es la estrategia Trotskista de la revolución permanente y los socialistas no se deben desviar de ella.